UNA UTOPÍA

10.04.2022

(Este capítulo forma parte de una novela en la que el autor trabaja)

( Jorge Orellana Lavanderos- Chile) Conjeturaban sobre las palabras de Marcial cuando, desde el poniente, contra el sol que se retiraba, se perfilaron difusos, los imprecisos contornos de la silueta de un hombre.

Con paso lento pero determinado, el desconocido se acercó a los amigos que lo vieron venir curiosos. Su vestimenta era informal y no era posible precisar su actividad, como suele pasar con un abogado que viste de una manera tradicional, o un científico que lo hace con estrafalarias tenidas. Lucía una apariencia sana y su estatura estaba bajo el promedio.

No solo sus pasos eran decididos, también lo era su mirada que, por alguna razón insospechada, recriminadora, buscaba confrontación, como si algo amargo flotara en su alma. A su expresión, la curiosidad de los otros cedió a la sorpresa, y ambos se concentraron en sus facciones.

Llevaba el pelo corto y conservaba una cabellera cana y abundante; en su rostro pálido destacaban espesas cejas negras dispuestas sobre la cuenca en que se movilizaban, guiados desde el cerebro, huidizos y pequeños ojos vivaces; cayendo hacia los extremos, sus párpados le conferían un suave acento oriental y su carácter, que anunció al saludar, provenía de los pálidos labios delgados que, rígidos, habían emblanquecido.

-Buenas tardes- dijo intentando dulcificar el tono.

-¿Quién es usted? Me parece conocido- contestó sin responder Simón, ante la mirada intrigada de Marcial.

-¡Me conocen bien! Soy el escritor El responsable del texto -aseguró ante los atónitos amigos. Vine a visitarlos para ordenar las cosas, contrariado por la actitud que han adoptado. Han adquirido un carácter propio y actúan sin mi consentimiento y sin respetar los parlamentos que elegí. Como se dice vulgarmente, se están yendo con los tarros ¡Esta es mi novela! Y ustedes... ¡Mis personajes! No tienen derecho a hacer lo que se les antoje ¡Sigo siendo el jefe! Y si no me respetan, puedo eliminarlos.

-¡No! Usted no tiene derecho a esa arbitrariedad -bramó Simón. Cierto es que le debemos la existencia, pero requerimos independencia y autonomía para decir lo que pensamos -habló por los dos.

-¡Se equivoca usted! -complementó Marcial, un verdadero escritor, lo hace desde el alma, sin prejuicios, o... ¿Le preocupa que la expresión libre de nuestras ideas le ocasione algún problema? ¿Se quejó acaso su maestro por el sesgo de ironía con que lo traté, al referir que nunca se dignó a atenderlo? Aún contra su voluntad, amigo escritor, yo debía ser honesto, porque bien sabemos ambos que si no se acoge del discípulo, la visión contrapuesta que éste pueda ofrecerle, la función del maestro se trunca, y deja de ser eficaz, porque el provecho de la relación proviene del diálogo, del que ambos finalmente, se nutren.

-Tal vez -insistió ahora Simón, mi intervención pudo molestar a un lector conservador, al que mis palabras pudieron parecerle ofensivas, puede ser que mi tono haya sido hiriente, pero déjese de timideces, hay que abogar por el partido de la verdad, y... ¡Por favor, entiéndame! No hablo de verdad absoluta, porque esa no existe, me refiero a nuestra verdad, la que habita en cada uno de nosotros. En su novela, querido escritor, Marcial y yo somos distintos, pero tenemos múltiples puntos de coincidencia ¡Ahí subyace la verdad! Encontrarla, es el sentido de la gran literatura. Permítame recurrir a una historia para explicarle mejor de que hablo:

Dos amigos, al iniciar una vida profesional -después de haber sido camaradas durante toda su educación- optaron, desde la perspectiva del riesgo, por una vida laboral opuesta. Uno, eligió un emprendimiento, porque detestaba ser dirigido, y a lo largo de su vida vivió ciclos muy afortunados, y a veces, amargos períodos de infortunio; el otro, contratado en una empresa, obtuvo invariablemente, un sueldo mensual garantizado.

El primero, acumulaba riqueza durante la bonanza, que luego, malograba en épocas duras, y que recuperaba después nuevamente; el otro, sagradamente, ahorraba algo cada mes. Mientras la vida de uno fue tempestuosa por las incertezas del azar, el otro, gozó de una reposada seguridad. Permanecieron vinculados y aunque pelearon muchas veces, siempre se reconciliaban.

Sufrían, por la angustia de la frustración en el caso del primero; y en el caso del segundo, por el tedio de la inactividad, y ambos acudían por el consejo del otro. Tuvieron la vida que eligieron, y en el balance fueron felices, sumando un patrimonio similar que les permitió enfrentar con dignidad la vejez, pero, y aquí llego al punto que quiero destacar, aunque ninguno quiso cambiar su vida por la del otro, cada uno envidió algo del otro, y se hizo evidente que la experiencia con el amigo fue el complemento de lo que había faltado a cada uno en sus propias vidas. Los hombres nos necesitamos todos, y el encuentro de esa verdad común, hace feliz al grupo. ¡Esa es una de las tantas utopías!

-El secreto de la vida -concluyó Marcial ante el estupefacto Orellana, que sufría la solidez de argumentos de sus personajes confabulados- es el ansia por serlo todo, sin dejar de ser nosotros mismos; es el deseo por ser tú, sin dejar de ser yo. ¡El perpetuo anhelo de llevar otra vida! Los hombres empiezan a vivir cuando, sin dejar de ser ellos, aspiran a ser otro.

-Eres un escritor -continuó implacable, al que le duele el misterio, pero..., del misterio brota la vida y la muerte, también es misterio. ¡Todo es misterio en la vida del hombre! Y misterio es además, el secreto que Dios deposita en el alma de un hombre para que, en los seres atribulados, eche raíces y de nobles frutos. En mi caso, condéname a lidiar con el misterio, aun sabiendo que nunca lo venceré, porque esa lucha, aunque estéril, es mi consuelo, y un hombre culto no puede vivir sin esa motivación.

-¡Danos libertad! -clamó Simón.

-¡Déjanos errar! -siguió Marcial, Porque... ¿Cómo puedes, sin hacer el mal, saber cómo será tu arrepentimiento? No se trata de buscarlo, pero..., el pecado es inherente al hombre y nuestra respuesta, por el arrepentimiento y el perdón, es lo que nos salva. Pensar, es el milagro que distingue al ser humano y estando solo, el hombre se juzga con severidad y reconoce sus faltas, aunque luego, frente al resto, tienda a desconocerlas.

-Pienso -aseguró Simón al escritor -posando una inmortal tristeza en su rostro- que usted vive eternamente atribulado y que, desesperadamente, nos necesita.

-Me temo -terció Marcial, que usted querrá borrarnos, y aunque conozco el oficio y entiendo perfectamente que esa opción es parte del juego, me he encariñado con Simón y lamentaría un abrupto término de la historia, porque estoy gozando la felicidad que me ha traído, cuando había pensado que ese estado ya se había extinguido para mí.

-No tema Marcial -replicó el escritor, jamás haría eso, es verdad que siento la necesidad de vincularme con ustedes. En mi desconcierto, ustedes guían mi camino, y con su ayuda, y la literatura, hallaré respuesta al misterio...

Permanecieron en silencio por un impreciso tiempo, hasta que, advirtiendo que en ausencia del sol las tinieblas invadían el atardecer, hizo el escritor una última reflexión ante sus personajes:

Nunca viví de la literatura y no pretendo hacerlo en lo que me resta de vida, pero por alguna misteriosa y extraña razón, percibo que una vez muerto, la literatura se me hará indispensable, como si representara una indeseada y odiosa inmortalidad.

Sin despedirse, se alejó por donde había llegado, depositando en sus asombrados personajes desesperanza y misterio.